¿Qué es la codicia?

Recuerdo ese día con claridad. Claro, ese fue el día que iba a cambiar mi vida por completo. Al menos eso creía yo cuando era todavía un ingenuo. Bueno, quizás sigo siendo un ingenuo hoy en día, pero quedemos en que era tan solo un chico.

Solía pasar horas encerrado en la oscuridad, pensando, meditando. Anda a saber que pensaba, lo único que sé es que me conectaba conmigo mismo. Me perdía del mundo en la oscuridad, pero me encontraba conmigo. Veía todas las soluciones posibles a mis problemas. Esos que en ese momento eran tas exorbitantes, pero viéndolos hoy en día son tan insignificantes que ruego por que sean mis únicos problemas. Si pudiera volver el tiempo atrás, sé que saldría más de esa oscuridad, hablaría mis problemas.

 

La familia entera se encontraba reunida abajo, nunca, jamás, venían todos, pero ese domingo habían decidido “darse una oportunidad”. Mentirse, ser hipócritas los unos con los otros. No se llevaban bien, no era una familia perfecta, todo lo contrario, no se soportaban, por distintas razones, sean validas o no, éramos lo contrario a una familia. Nadie hablaba de sus problemas, de ahí debo haber aprendido yo. Todos se escondían bajo falsas sonrisas y pretextos absurdos.

 

Bajé aturdido por mis propios pensamientos, eran sólo cinco materias, pero para mí y sobre todo para mi familia eso era una barbaridad.

Recuerdo una vez que mi mamá no me dejo ir al cumpleaños de mi mejor amigo, tan sólo por que la maldita profesora les escribió una nota diciendo que no prestaba atención en sus clases. Pero cómo iba yo a prestar atención si me sentaban al lado de Pedro que no paraba de molestarme ni un solo segundo.

 

Me senté en la mesa, nervioso, nadie sabía de las materias que me había llevado y temía a que me preguntaran algo típico como: ¿Cómo te esta yendo en el colegio? ¿Cómo cerraste el año? Y me metan en problemas, pero por suerte para mí, ese día todo estaba centrado en el abuelo. Le habían cocinado un guiso de lentejas, el cual yo detestaba, pero era la comida que a él más el gustaba. Joaquín, mi tío, se encargo de traerle a mi abuelo su vino preferido. Mientras que Ana, mi tía, le preparo un marquise, su torta favorita. Era todo muy raro, nadie solía ir a visitarlo, salvo yo. Pasábamos horas jugando, también le encantaba contarme sus historias y aunque algunas eran muy largas yo las escuchaba con gusto y orgullo. Eso sí, nunca le contaba de mis notas en el colegio por qué tenía miedo de decepcionarlo, ya que mi abuelo siempre había sido el alumno ejemplar, el trabajador ejemplar, era un genio.

 

El abuelo se enteraba las cosas de la familia a través de mí, y eso que a mí mucho no me contaban. Pero ese día el panorama era completamente distinto, todos le prestaban suma atención. Todo pasaba por él, eso me relajaba un poco.

 

Igual, en mi cabeza ese día era crucial. No podía seguir reteniendo todo eso, flotando por mis pensamientos, me dañaba. Cualquier cosa me terminaba llevando a eso, no me podía ni concentrar jugando al fútbol los sábados con mis amigos, que era lo que más me gustaba. Estaba apagado en la vida. Yo jamás le había mentido a mis padres, pero esa vez fue distinta, simplemente no podía, había estado tomando coraje la semana entera, y aun así no podía largarlo, no podía decirles la verdad. Ese domingo era el día final, si no les contaba, me iba a ir de casa. Realmente no creo que hubiese tenido el valor de irme de mi casa; pero lo sentía así, estaba seguro.

En mis ratos de soledad en la oscuridad, había ideado todo un plan, vivir rotando entre las casas de mis amigos, sin que sus padres se dieran cuenta que yo estaba allí para no atraer a mis propios padres, ni levantar sospechas.

 

Recuerdo respirar profundo, pensar en todos mis héroes de la televisión, y bajar, bajar hacía una nueva vida. Así que finalmente lo hice, una vez abajo, pedí silencio, mire a todos temblando de miedo, con mi remera casi pegada a mi espalda por las gotas de sudor que bajaban desde mi cuello. Los miré decidido a empezar a hablar, cuando de pronto, un ruido seco estremeció la casa entera, luego un segundo de silencio total.

 

Años más tarde comprendí que se juntaron por que el abuelo estaba viejito y todos querían una parte de la herencia, para eso si éramos todos una familia, jugando a ser la familia feliz.

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