Secretaria

El sol me pegaba justo de frente, podía sentirlo. Le pedí a mi amiga María que me pase uno de esos daiquiris que estaban regalando en la barra. Todo era perfecto, o parecía serlo. Hasta que claro, sonó ese insoportable ruido.

Bajé las escaleras y desayuné más de lo común por si no llegaba a almorzar en el trabajo. Me gusta mucho cuidarme y suelo respetar las comidas diarias con sus respectivas colaciones, como me recomendó mi nutricionista, pero hay días que se me complica y, como esa mañana, busco reemplazarlo de alguna forma. Caminé un par de cuadras hasta la parada del 60 y esperé allí sentada. El viaje de Tigre a San Isidro no era largo, el único problema era la frecuencia de ese colectivo que no se dignaba a frenar en mi parada y que me obligaba a permanecer largos ratos allí. Yo, siempre precavida, llevaba en mi bolso un libro para aprovechar esas ocasiones. Ese día estaba leyendo “Cuando te encuentre” de Nicholas Sparks. Me siento una chica muy enamoradiza, por así decirlo, pero los hombres de hoy en día no son como los de los libros. Ni se dignan a hablarte en serio, o invitarte a salir. Si no es en un boliche bailando y borrachos ni se te acercan.

Era mi primer día de trabajo, yo debería estar en la playa con mis amigas, pero no. Iba a ser difícil, pero en el fondo sabía que mi tío me iba a dar libertades e iba a tolerar mis posibles errores. Traté de encararlo lo más relajada posible, aunque sé que un poco se notaban mis nervios, al menos en mi forma de moverme, parecía un robot.

El consultorio se encontraba totalmente distinto, renovado, mi tío había empezado a salir con una diseñadora de interiores y eso se notaba. Todas las paredes pintadas de un amarillo intenso, que alegraba el ambiente. La sala estaba decorada con muebles nuevos, incluso había comprado un televisor enorme, reemplazando la antigüedad que tenía antes.

Al pasar los pacientes, le fui agarrando cada vez más la mano al trabajo, dejé los nervios completamente de lado. Hasta que llego él.

Con mis amigas siempre fuimos muy enamoradizas, por el grupo no parábamos de comentar sobre pibes, “estoqueábamos” todo el día, parecíamos hackers profesionales. Si alguna nombraba el nombre de uno, era muy raro que yo no tenga visto su Instagram y Facebook, o al menos me suene de nombre. Pero había uno que superaba a todos los demás, su nombre era Lisandro. Todas, incluso las que estaban de novias, morían por él. Nunca habíamos hecho preboliche, ni nos habíamos juntado ni nada por el estilo, pero iba al colegio con el novio de Laura, la mujer mas polleruda del mundo, y todas caímos.

Era mi primer día de trabajo, y ya casi a la hora del cierre apareció. Le abrí con el portero eléctrico como a cualquiera, pero cuando entró me paralicé.

Yo sabía perfectamente su nombre, y se podría decir que el de toda su familia… , pero aun así le pregunté su nombre y si había pedido turno, sentí que me ignoró, así que volví a preguntárselo. Me dijo que su mamá le había sacado el turno y que su nombre era Leandro Ariza, eso me pareció tierno. Me reí un poco nerviosa, y sonreí. Luego él se sentó y al rato fue llamado por mi tío para que le realicen el tratamiento que necesitaba.

Cuando salió Lisandro, se acercó nuevamente al mostrador donde yo estaba revisando un par de mails y me solicitó un turno nuevo para dentro de dos días, cosa que me emocionó ya que podría volver a verlo. Le acerqué la orden, y le pedí que firmara. Me escribió su teléfono y me dijo que lo llamará si quería ir a tomar algo. Por dentro exploté de felicidad, pero debía hacerme la indiferente para no aparentar estar tan loca, tan emocionada. No tengo idea por qué lo dije, pero lo dije. – Tengo novio-. Yo jamás había tenido un novio, ni cerca, pero aun así lo dije, aun así mi orgullo no me dejaba volver atrás. Él puso cara de preocupado, cambió su sonrisa completamente, eso me gustó más, además de ser tan lindo era un chico sensible. Para seguir en mi personaje, le aclaré que igual jamás saldría con un chiquilín como él. Tampoco entendí por qué dije eso. Me reí muy nerviosa, y empecé a contarle a mis amigas por whatasapp, el error que había cometido, que me odiaba completamente. Lisandro se puso a llorar en frente de mi escritorio, frente a la sala llena de gente. Ahora no sólo me sentía una imbécil por rechazar al amor de mi vida, sino que me sentía mal por ridiculizarlo.

¿Por qué no podemos seguir lo que pensamos, por qué tenemos que “histeriquear”, cuando realmente no queremos ser histéricas? Deberíamos seguir nuestro corazón y no dejarnos llevar por el qué dirán.

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