El final

Era tan volátil, cambiaba de pasión tan rápido como ensombrece el cielo en un anochecer. Su apetito sensitivo no terminaba de determinarse, tan así que de estudiar francés pasó a naufragar en un mar de números aspirando ser ingeniero, sin embargo se dedicó al género literario.

Los libros lo abrazaron, o por lo menos él lo advirtió así. Los había abandonado en su adolescencia, la vida lo llenó de obstáculos que lo desvincularon de lo que luego parecía ser su verdadera vocación.

Una tarde, luego de discutir con su esposa una cuestión de dinero, se acomodó en su escritorio y castigó su teclado, de tal forma que hacía retumbar el departamento entero. Enfurecido, guiado por la fogosidad que lo abrumaba la terminó, terminó su novela.

La novela lo deslumbró, le produjo una sensación nunca antes vivida, lo hizo brillar, le comenzaron a vibrar las raíces de sus vértebras. Algo había cambiado en él, ya no volvería a ser el mismo. Su estructura se desbarató, un cambio completo en su configuración interna, en lo más profundo de su ser.

El hombre orgulloso de su creación, su obra maestra, llamó a su esposa y sin avasallarla con los detalles de la felicidad por el cierre de su obra, se disculpó por la pelea y le pidió que se tome el tiempo para leerla. La mujer, proveniente de una familia aristocrática muy venida a menos, agarrándose de su orgullo le negó la petición al marido, alegando que no podía entender como tenía tiempo para escribir, y no traía el dinero necesario para, al menos, mantener el hogar estable.

Su rostro empapado en lágrimas no podía esconder la tristeza que corría por todo su cuerpo. Estiró su brazo en dirección a su bolsillo derecho, con su mano lo agarró, sin dudarlo se lo clavó, la sangre corría por toda su remera gastada, decolorada que poco a poco iba tomando el color rojo intenso. Se desplomó, un temblor hizo callar la manzana entera, no se llegaron a escuchar sus últimas palabras. El hombre atónito, volvió a acomodarse en su escritorio, seleccionó el archivo de su novela y la eliminó, dejando tan solo el último párrafo.

Apresurado recogió el cuchillo, un par de sus cosas y huyó, se instaló en la casa de su hermano que quedaba a 7 kilómetros de la ciudad.

Tras un par de horas, la policía local recibió un llamado de un vecino, pocos minutos después el sargento derrumbó la puerta y la vieron ahí desperdigada con un claro gesto de tristeza en su rostro pálido por toda la sangre que había perdido. Llegaron tarde, ya estaba muerta. Revisaron toda la casa en búsqueda de pistas, hasta encontrarse con el archivo en la computadora del marido titulado “El Final”.

“Pablo no podía sobrellevar mas su vida, su mujer solo le complicaba más y más las cosas, así que ingenió un plan que le llevó semanas. Al fin lo iba a hacer, tomó de un estante su botella de whisky más cara y vaso tras vaso la terminó. Se acomodó en su escritorio, con calidez llamó a su mujer y se disculpó por la discusión que habían tenido hace un par de horas, la hizo acomodarse en su silla y le pidió que terminara de leer su novela, su obra maestra, de lo que él estaba más orgulloso. Tomó de su bolsillo derecho un cuchillo y la atravesó.

Limpió la escena y la transformó de forma tal que confundiría a los policías, y creyeran que fue un suicidio. Tomó sus cosas y se fue, pero volvió, la culpa lo atormentó, dejó en su computadora un archivo el cual contenía la verdad sobre la muerte de su mujer, lo nombró ‘El Final’.”

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